Articulo -Esperanza

Inconmovibles en la Esperanza
(Col.1:23)
Por Pablo Melton
(Adaptado de un sermón de Charles Spurgeon)

Introducción:

Es difícil llegar a la esperanza del Evangelio; pero es igualmente difícil conservarla y no ser apartado de ella. Si Satanás utiliza un gran poder para mantenernos lejos de la esperanza, usa una fuerza igual cuando intenta arrastrarnos para alejarnos de ella, y también una astucia igual para seducirnos lejos de ella.

Por lo tanto, el que quiera ganar el cielo debe luchar por él. El que quiera tomar la nueva Jerusalén debe escalarla. Dado que “el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mateo 11:12), es más importante que nunca permanecernos “fundados y firmes en la fe y sin moveros de la esperanza del evangelio” (Col.1:23).

I. PRIMERO, ¿CUÁL ES LA ESPERANZA DE LA CUAL NO DEBEMOS APARTARNOS?

(1) La esperanza de ustedes es que un día serán presentados santos, irreprochables y sin mancha ante la presencia del grandioso Padre. Serán presentados un día “sin mancha ni arruga ni cosa semejante,” limpios de toda culpa. ¡Oh, ésta es una bendita esperanza! “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3)

Tenemos la esperanza que seremos como Cristo mismo, de tal manera que la gloria de Su santidad será nuestra gloria, y veremos Su rostro, y Su nombre estará en nuestras frentes, y estaremos sin mancha ante el trono de Dios. Ahora pues, nunca se rindan: nunca permitan que ni una sola partícula de esa esperanza se reduzca.

(2) Tenemos una esperanza más allá de esto, porque creemos que experimentaremos la resurrección (Hechos 23:6; 24:15). Aunque ellos caigan y los hombres los llamen cadáveres, son preciosos a la vista del Señor. La tumba será una vasija de refinación de la cual saldrá el metal puro de nuestro cuerpo purificado. A la voz del Señor, vivirán los huesos secos; serán revestidos de carne, y la piel los cubrirá, si es que de esta manera debe resucitar el cuerpo. Pero si no, si el cuerpo debe asumir otra forma y debemos ser hechos de conformidad a una gloria que todavía no podemos comprender; entonces estaremos seguros de esto, que nos levantaremos de modo que lo mortal será inmortal y la corrupción dará lugar a la incorrupción.

En cualquier caso, nuestros cuerpos se levantarán de nuevo. La gracia de Dios protege los cuerpos así como las almas de los santos. Cristo compró no solamente la mitad de un hombre, sino que la total trinidad de nuestra condición humana es Su herencia redimida: espíritu, alma y cuerpo habitarán por siempre con Él. Pues Él ha redimido nuestra humanidad sin divisiones.

Nunca renuncien a esa esperanza, en relación a ustedes o a sus amigos. Que nada sacuda la confianza de ustedes en la resurrección. No dejen que ninguna explicación filosófica la malgaste. Ningún otro hecho histórico está tan bien autenticado como la resurrección de Cristo, y esa es la piedra angular de nuestra confianza (1 Co.15:16-20).

A menudo y muy a menudo, cuando estoy muy asediado por tentaciones e insinuaciones diabólicas acerca de la esperanza eterna de mi alma y mi cuerpo, vuelo a esto: Jesucristo se levantó de entre los muertos, y así como se levantó de los muertos, Él ha regresado para decirnos que hay otro mundo y que no sólo nuestras almas, sino que también nuestros cuerpos heredarán una condición mucho más bendita que ésta presente. Abracen esta esperanza del Evangelio, y nunca la dejen ir,

(3) Entonces recuerden, tienen la esperanza de la segunda venida; si Jesús llegara antes de que mueras, gozosamente te reunirás con Él y le darás la bienvenida al Hijo de Dios en las nubes (1 Ts.4:17). Serás cambiado de manera que podrás heredar las glorias incorruptibles de los cielos (1 Co.15:51-53). Verás a tu Redentor cuando Él venga en el último día. Como dijo Job, “En mi carne he de ver a Dios; Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro” (Job 19:25-27).

Alégrense, entonces, en cada pensamiento relativo a la llegada de su Señor. No lo coloquen en medio de oscuras profecías o dudosos sueños. Es una verdad claramente revelada que Jesús vendrá de nuevo y llevará a Su pueblo a su hogar eterno, “Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Ts.4:18) y no se alejen de esa esperanza del Evangelio que descansa tan dulcemente en la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo.

Y, además, tenemos esta esperanza: que cuando hayamos pasado a través de todo lo relativo al tiempo y estemos en la eternidad, ese mar sin límites y sin fondo, ya no tendremos ni temor ni miedo, sino que estaremos “por siempre con el Señor” (1 Ts.4:17).

Una vez desembarcado en esa playa eterna, no hay que temer ni tormentas ni huracanes para nuestras frágiles embarcaciones. No habrá ni una sola ola de tribulación que azote nuestros espíritus apaciguados cuando hayamos echado nuestra ancla en los “Buenos Puertos,” en el puerto de la paz eterna (Ap.21:4).

No se desalienten como si hubiera una prueba posterior, o un “purgatorio” o un limbo de los padres, o cualquiera de esos lindos lugares que durante tanto tiempo han llenado los bolsillos de los sacerdotes, y que ahora están siendo remodelados y producidos por nuestros orgullosos pensadores como una ayuda para sus bellas especulaciones. No tendremos “purgatorio” bajo ninguna forma, eso alimenta la despensa de los sacerdotes y es refugio de los traficantes de herejías; pero no hay ni una sola palabra sobre eso en la Biblia de Dios.

Nos apegamos al texto: “Así estaremos siempre con el Señor” (1 Ts.4:17). “Los justos irán a la vida eterna” (Mt.25:46). Hay “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 P.1:3,4). “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo” (Ap.3:12). “Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Ap.7:16,17). “Sin moveros de la esperanza del evangelio,” ni de los objetos de esa esperanza.

II. EN SEGUNDO LUGAR, ¿CUÁL ES LA BASE DE NUESTRA ESPERANZA?

(1) La base de esa esperanza es, primero, la rica e inmerecida gracia soberana de Dios porque Él ha dicho, “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Ro.9:15).  El Señor se reserva para Él mismo la prerrogativa de la misericordia, y como Él puede ejercerla sin violación a Su justicia mediante el Sacrificio de expiación de Cristo, nos gozamos y nos regocijamos ya que “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5). Gracias a Dios que ha elegido tener piedad de TODOS los que se entregan a Su Hijo en obediencia (sin importar raza, nacionalidad, sexo, o estado social – Gálatas 3:28).

Y esto es un buen terreno de esperanza para el primero de los pecadores. Si Jesucristo ha salvado en el día de Pentecostés a casi tres mil de los que lo crucificaron y si Él ha salvado incluso a Saulo de Tarso, blasfemo, perseguidor e injuriador ¿por qué no me salvaría a mí? (1 Timoteo 1:12-15). Él puede si quiere, y Él es sumamente misericordioso, infinito en compasión y no quiere la muerte de nadie, sino que todos vengan al arrepentimiento (2 P.3:9). En la misericordia de nuestro Dios comienzan nuestras esperanzas y la causa de esa misericordia es ella misma. La causa del amor divino es el amor divino. Puesto que Dios es misericordioso, Él concede Su gracia a quienes no la merecen y a los perdidos. No permitan ser apartados de esto.

(2) La base de nuestra salvación es el mérito de Cristo, lo que Cristo es; lo que Cristo ha hecho, lo que Cristo ha sufrido. Esta es la base sobre la cual Dios salva a los hijos de los hombres.

¿Dónde está el descanso de nuestra alma si la base de nuestra esperanza es ser lo que nosotros somos, o lo que nosotros hacemos, o lo que nosotros sentimos? Pero cuando descansamos en la obra sacrificial de Jesucristo y creemos en Él, a quien Dios ha establecido para que sea una propiciación por el pecado, y no sólo por nosotros, sino por los pecados de todo el mundo (1 Jn.2:2), digo, cuando descansamos en Él, entonces tenemos algo sólido donde descansar.

Nuestros ojos no pueden soportar ver hacia la eternidad mientras nos aferramos al mérito humano, aunque sea en grado mínimo (Ef.2:8,9). Pero cuando miramos hacia Él sangrante allá en la cruz, confesamos nuestra indignidad e incapacidad de salvarnos sin Él.  Hermanos, si un pecador para recompensar por sus pecados viviera haciendo buenas obras y sin cometer un solo pecado durante 10,000 años, sería insuficiente para merecer ni media hora en el cielo. El cielo es algo demasiado precioso para ser comprado por algo que nosotros podamos hacer de alguna manera, pero no es demasiado grande para ser comprado por la sangre de Cristo. Lo único que podemos hacer es aceptar esta excelsa gracia y agradecerle por habernos “creado en Cristo Jesús para buenas obras” (Ef.2:10).  Y cuando llegamos a Su expiación, nuestra ancla se aferra eternamente. “Sin moveros de la esperanza del Evangelio.”

(3) Otra base para nuestra esperanza es que Dios ha prometido solemnemente que “todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16; Tito 1:2). La palabra “cree” de ninguna manera significa “fe sola”, sino una fe activa y obediente al evangelio.  Hay muchos que dicen creer, pero es meramente un consentimiento mental y nada más.  Hubieron muchos judíos que “creyeron en” Cristo (Jn.8:30,31), pero su fe fue inactiva.  Por lo que, el Señor apropiadamente los describe como hijos del diablo (8:44)

Santiago dice: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan” (Stg. 2:19). Vemos en este caso que hasta los demonios del infierno reconocen de forma intelectual que Jesús es el Mesías; “realmente creen”, sin embargo, no son hijos de Dios. Abrahán fue justificado (salvo) por fe y obras de obediencia (Stg.2:21-23).  La fe sin obras es muerta.

La creencia que salva al pecador y en la cual se basa nuestra esperanza es la que en la Escritura se equipara con la obediencia. Esta es la fe que salva. En Gálatas 3:26, 27, Pablo declara: “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”.   La inmersión en agua es una parte íntegra del proceso de fe.  Pablo explica que la fe que vale es la “fe que obra por el amor” (Gá.5:6)

La fe sola (un reconocimiento intelectual y emocional de la divinidad de Cristo) no nos convierte automáticamente en hijos de Dios; solamente nos concede el “derecho (potestad) de llegar a ser hijos de Dios” (Jn.1:12)…hay otros pasos necesarios.

La fe que salva implica una sincera creencia en Jesucristo, un genuino arrepentimiento de los pecados (Hch.3:19), el confesar a Jesucristo como el Hijo de Dios (Ro.10:9,10) y el bautismo en agua para perdón de pecados (Hch.2:38; Mr.16:16). Amigo, abandona la falsa idea que la fe sola salva, y permítele a Jesucristo salvarlo completamente, por medio de una completa y viva fe, sometiéndote a su voluntad.  Confía en la promesa de Cristo en Marcos 16:16: óyelo y acéptalo: “El que creyere y fuere bautizado será salvo.”

Y amado hermano, tu creencia activa y obediente no ha de terminar después de ser bautizado. Apoc.2:10 dice, “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”.

Entonces, si creemos y obedecemos ese evangelio, y permanecemos en él, sabemos con certeza que la veracidad eterna de Dios está comprometida en nuestra salvación.

(4) Otra base de nuestra esperanza es la inmutabilidad de Dios. Dios no cambia y, por eso, los hijos de Jacob no son consumidos (Malaquías 3:6). La inmutabilidad de Cristo también confirma nuestra esperanza, pues Él es, “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). El poder incambiable de Su sangre es una torre de fuerza para nuestra fe:

“Amado Cordero agonizante, Tu sangre preciosa
Nunca perderá Su poder,
Hasta que toda la iglesia de Dios rescatada
Sea salvada para no pecar más.”

Ya que Dios es inmutable, entonces aquellos que le siguen a Él tienen una esperanza inmutable. Asegúrense de no echarla lejos.

(5) Pero, además, nuestra esperanza en el Evangelio está fundada en la infalibilidad de la Escritura. Los seguidores del Papa consideran que tienen un Papa infalible, pero nosotros tenemos una Biblia infalible. Si lo que este Libro dice no es verdadero, tampoco nuestra esperanza es segura. Si estas cosas son cuestionables, nuestra confianza es cuestionable; pero si esta palabra de Dios permanece firme eternamente, aunque el cielo y la tierra pasen, el que cree y construye sobre esta verdad infalible puede gozarse y permanecer firme (Mt.24:35; 1 P.1:25). Yo les suplico, “Sin moveros de la esperanza del evangelio.”

III. Ahora consideremos ¿CÓMO PODEMOS SER MOVIDOS LEJOS DE LA ESPERANZA DEL EVANGELIO?

(1) Podemos perder la esperanza del Evangelio de la siguiente manera. Algunas veces por una orgullosa opinión de nosotros. Ustedes pueden apartarse de la base de confianza en la gracia inmerecida si piensan, “Yo soy alguien. ¿No he orado en la reunión de oración? ¿No dijeron mis amigos que fueron edificados por ello? ¿Acaso no he predicado un sermón maravilloso? ¿No soy generoso? ¿No le he dado grandes sumas de dinero a la iglesia y a los pobres? ¿No soy alguien?” (Lucas 18:10-14; Romanos 12:3)

¡Ah! Ustedes y el diablo juntos, pueden construir una buena historia al respecto y no tengo duda que todo lo que él les diga lo absorberán con ansias, porque nos gusta ser alabados, y, aunque la alabanza venga del propio Satanás, es bien recibida por nuestra carne orgullosa.

Bien, cada vez que nos ponemos a pensar que somos alguien, nos apartamos de la esperanza del Evangelio. Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores. Alguien dirá: “pero yo no lo soy.” ¡Ah! Entonces Él no vino a salvarte. “Tú dices que yo fui pecador alguna vez, pero yo he llegado a ser tan perfecto que nunca peco.” ¿Ya no pecas nunca? Entonces estás fuera de la esperanza de aquellos que confiesan y lamentan sus pecados (1 Juan 1:8).

Tú te descristianizas tú mismo tan pronto como borras tu nombre de la lista de los pecadores que son salvados por la gracia del Salvador. Tú eres un pecador y Cristo murió para salvarte, pero no te alejes de la esperanza del Evangelio por una vana noción de que ya no pecas más. Cristo no vino a sanar al sano sino a aquellos que están enfermos.

(2) Por otro lado, no se dejen llevar por el desaliento. A Satanás no le importa de qué manera te aleja de la Roca, ya sea saltando hacia arriba o saltando hacia abajo. Para él da lo mismo, siempre que abandones la Roca de tu salvación (Deut.32:15). Hay muchos que se elevan en un globo de orgullo, mientras que hay otros que están listos para despeñarse en los acantilados del desaliento y la desesperanza (Números 21:4). Pero no se dejen mover de la esperanza del Evangelio, ni hacia un lado ni hacia el otro (Heb.10:23). Algunos que antes caminaban con nosotros, asistiendo los cultos de adoración, ahora han perdido su esperanza, desanimándose ante el poder de la tentación, ante las pruebas, o ante la hipocresía o palabra ofensiva de algún hermano.

(3) También pueden ser alejados de la esperanza del Evangelio, por falsas enseñanzas (2 Ti.2:18). Si, por ejemplo, no creen que Cristo sea, “Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero,” se han alejado de nuestra esperanza que depende de Su Divinidad. Si creen que el sacerdote los puede salvar, son apartados del único Sacerdote ante el cual todos los demás sacerdotes deben dejar que sus incensarios se apaguen en la oscuridad. Sólo Jesucristo puede salvarlos. Si escuchan cualquier enseñanza que ofrece salvación por una fe muerta sin obediencia, están bebiendo del error y serán removidos de la esperanza de su llamamiento, que es la gracia inmerecida, recibida por la fe que es en Cristo Jesús nuestro Señor.

(4) Pueden ser apartados de la esperanza de su llamamiento si esperan vivir por sus sentimientos. ¡Ah!, hay muchos cristianos que son tentados de esa manera. Se sienten muy felices y esa es la razón por la cual creen que son salvos (Pr.28:26). Esa no es la razón por la que yo creo ser salvo. Yo soy salvo porque he obedecido ese plan de salvación (Romanos 6:17)

(5) Muchos son alejados de la esperanza de su llamamiento por un deslumbramiento del intelecto. Están contentos en creer simplemente en Jesús hasta que encuentran a un hombre excelente, un pensador con amplia frente y un gran cráneo que debería estar lleno de sesos. No nos hemos metido para ver qué contiene, pero el predicador habla mucho de su pensamiento y su cultura. Les dice que ustedes están atrasados, que una fe que cree en Dios, que ahora estamos muy por encima de ese tipo de cosas. Pero, en cuanto a ustedes, díganle que quien ha visto al sol de frente una vez, no va a ser deslumbrado por una luciérnaga. No somos “atrasados”, sino que poseemos la “sabiduría de Dios, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Co.2:7).  La revelación divina que tenemos en forma escrita contiene la mente de Dios, “cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.”  La sabiduría del mundo es inferior a la de Dios.  Por eso, no nos avergonzamos de la fe (1 Co.1:18-21).

(6) Por último, no se dejen mover por la persecución, ni por los escarnios, ni por el ridículo. La persecución del tiempo presente es una cosa pequeña comparada con la que sufrieron nuestros antepasados.

Solamente manténganse firmes allí donde los santos se mantuvieron firmes al principio, “en nada intimidados por los que se oponen” (Filipenses 1:28). Que no les preocupe el avance del conocimiento más de lo que ellos temían la universalidad de la ignorancia. Tenemos que luchar tanto con la ignorancia de este mundo como con su sabiduría, también; “Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Co.1:25). Cuán pronto la sabiduría y el poder divinos pondrán fin a esa erudita charlatanería.

No se alejen de la esperanza de su llamamiento. “No desechéis vuestra confianza, la cual tiene gran recompensa” (Hebreos 10:35). Sean como el joven griego que llevaba su escudo a la batalla; dejen que sea su gloria y su defensa. Queremos decirles a ustedes lo que la madre espartana le decía a su hijo: “Regresa con tu escudo, o sobre él.”

Regresen con el Evangelio bien atado a sus brazos como un escudo de oro, o, si mueren, que se convierta en su féretro, y que sean llevados a sus hogares sobre él como firmes creyentes en Cristo; pero nunca se aparten de la esperanza de su llamamiento, pues entonces su escudo sería vilmente abandonado.

IV. Por último, ¿POR QUÉ ES QUE NO QUEREMOS APARTARNOS DE LA ESPERANZA DEL EVANGELIO? ¿Qué sucedería si nos apartáramos de él?

(1) Bien, primero, no nos apartemos de la esperanza de nuestro llamamiento, porque no hay nada mejor que ocupe su lugar. Un hombre no pensaría en irse a Australia si oye que los salarios son menores que en Inglaterra, y que el costo de vida es mayor, y que la gente es más pobre. “No,” diría, “no voy a saltar de la cacerola al fuego. Mejor me quedo donde estoy en vez de irme lejos para que me vaya peor.”

Bien, así pensamos también nosotros. No, no vemos cómo podríamos encontrar nada mejor.   Jonathan Edwards, en uno de sus tratados, habla algo a este efecto: “Si algún hombre puede probar que esta forma del Evangelio no es verídica y es un mero sueño, la mejor cosa que podría hacer es sentarse a llorar para siempre al pensar que ha probado que es falsa la esperanza más brillante que alguna vez haya brillado en los ojos de los hombres.” Y eso es así. Tener la gloriosa esperanza que en Cristo somos salvos, es tal bendición y tal gozo que nada se puede comparar con eso.  ¿Habrá mejores tesoros de conocimiento en algún otro? No, en Cristo “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col.2:3).

(2) Además, si nos movemos de la esperanza de nuestro llamamiento, qué bajos, qué miserables e infelices seríamos, pues habríamos desertado de nuestro Salvador.

¿Dónde está el pastor que puede rivalizar con Jesucristo? ¿Dónde está la luz que es más brillante que este sol eterno? ¿Qué tienen ustedes que puedan ofrecer de esperanza, de consuelo, de gozo que sean iguales a los que poseemos? Cuando algunos discípulos volvieron atrás y ya no anduvieron con Él, Cristo les preguntó a los doce:  “¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:62- 64).  

Como dice un canto, “Cristo es mi vida, mi gozo, mi cuidado. ¿Apartarme de Él? Es muerte, es más, ¡Es ruina sin fin, profunda desesperanza!” Separación de Dios y Cristo es miseria incomparable (Salmo 73:25). 

(3) También recuerden, que si nos apartamos de la esperanza de nuestro llamamiento,  nos estamos enredándonos otra vez en las contaminaciones del mundo (2 Pedro 2:20-21).

Si abandonáramos el plan de salvación, es algo como si un soldado atrincherado en una impenetrable fortaleza, aceptara una invitación para salir de ella.

Somos como el conejito del que habla Agur (Pr.30:26) que se escondió entre las rocas. Cuando llega algún cazador y dice, “¿Por qué no sales, conejito? Ven y déjame ser tu amigo”, el conejito, aunque es débil, es sabio y se esconde más profundamente en la roca, pues un extraño es el que lo invita a salir. Hagan ustedes lo mismo cuando Satanás exclame, “sal y sé libre. Sé un hombre. No estés confiando siempre en la Escritura.” “No,” dices, “me quedaré donde estoy.”

Spurgeon cuenta, “Cuando yo viajaba un día por el sur de Francia, vi un par de hermosas aves volando sobre mi cabeza. El conductor del vehículo exclamó en francés: “¡águilas!” Sí; y estaba allí un hombre con un rifle, ansioso de tener a su alcance a esas águilas, pero ellas no descendieron para darle gusto. Las apuntó con su rifle, pero sus disparos no llegaron ni a la mitad del trayecto, pues las aves reales permanecieron arriba. El aire de las alturas es el dominio adecuado para las águilas. Allá arriba es el lugar de esparcimiento del águila, donde juega con los nacientes rayos. Habita sobre las nubes y el humo. ¡Águilas, quédense allí! ¡Quédense allí! Si los hombres pueden tenerlas a su alcance, no tienen buenas intenciones para con ustedes. Adelante, cristianos. Manténganse en las alturas, descansando en Jesucristo, y no bajen para encontrar un asidero para ustedes entre los árboles de la filosofía”.  ¡Qué triste sería ser como la puerca lavada que vuelve a revolcarse en el lodo y ser como el perro que vuelve a su vómito! (2 P.2:22)

Conclusión:

Conforme se mantengan en la fe, que Dios los bendiga y los enriquezca. Si con corazón sencillo caminan a lo largo del camino que conduce al cielo por la justicia del Hijo de Dios, que el Señor esté con ustedes y los consuele. Pero si se regresan, ¡ay de ustedes! ¡Una maldición caerá sobre ustedes en ese día de vergüenza y crimen!

Que el Señor los conserve para que conserven la fe. Amén.

Comments are closed